Nadia Comaneci: “El salto del comunismo, ese es el que nadie tendrá que hacer ya”

Nadia¿Qué objetivos tiene el deporte? Meses antes de aquel 18 de julio de 1976, en una reunión técnica sobre los Juegos de Montreal, el hoy director de Swiss Timing, Daniel Baumat, preguntó si aquello sería posible y «alguien del Comité Olímpico» lo negó.

«Ni en 100 años, me dijeron. Por eso sólo programamos tres dígitos», aseguró a The Guardian con una fotografía en la mano: dorsal, 073; puntuación, 1.00. ¿Qué objetivos tiene el deporte? Uno de los jueces (ella lo describe «sueco», aunque era holandés, observaba con los ojos húmedos cómo una niña de 14 años, maillot blanquísimo, firmeza absoluta, coleta adornada, acababa de presentar la perfección y sólo alcanzaba a levantar sus palmas para gritar: «¡Es un 10, es un 10!». ¿Qué objetivos tiene el deporte? Evolucionar y emocionar. Como hizo Nadia Comaneci.

«¡La gracia, la precisión, la amplitud de los gestos, el riesgo y la potencia sin que se note! Se dice que puede repetir su rutina quince veces seguidas. Y esa osamenta… Huesos ensartados con hilo de seda. Morfológicamente superior. Más elástica (…) La pequeña hada comunista», escribe la francesa Lola Lafon en su novela ‘La pequeña comunista que no sonreía nunca’ (Anagrama, 2015) que ya podría ser libro de texto: aquel primer 10 en gimnasia artística, que la rumana estableció en las barras asimétricas y repitió hasta seis veces los días posteriores (cuatro en las asimétricas, dos en la barra de equilibrio), es aún hoy, justo 40 años después, una de las mayores gestas de la historia del deporte.

¿Qué recuerda ahora de aquella jornada histórica?

¡Todo! ¿Cómo lo voy a olvidar? Recuerdo las jornadas previas, el calentamiento junto a mis compañeras, recuerdo mi programa, al completo, cada uno de los elementos… y, aunque parezca mentira, no creas que he visto tantas veces el vídeo.

¿Y de la nota?

Me extrañé cuando apareció ese 1.00, pero ya sabía que no lo había hecho tan mal. Todo fue rápido. Pensé que podía ser 9.00, creía que valía 9.95… Eso sí, no me esperaba el 10. No era mi objetivo. Tampoco me sorprendió mucho. Sinceramente, entonces no comprendía muy bien su importancia. Era muy joven. No seguía mucho mi deporte.

¿Cuánto cree que los jóvenes de hoy conocen de aquel hito?

[Lo piensa] Si ahora pregunto a algún chico por la calle, quizá no me dirá cuántas medallas olímpicas gané, pero seguro que habrá oído hablar del primer 10 en los Juegos de Montreal. Sabrá que fue algo extraordinario. Por eso estás tú aquí, cuatro décadas después, preguntándome por ello.

¿Qué se mantiene en la gimnasia actual de aquellos tiempos?

Muchas cosas. El deporte ha cambiado, el sistema de puntuación es diferente [se pueden añadir puntos al 10 según la dificultad], ya no se puede competir tan joven [el mínimo son 16 años], pero las gimnastas siguen brillando. Ahora hay jóvenes muy fuertes, muy potentes. Nunca pensé que yo fuera irrepetible. Eso sí, por fortuna, ya no deberán hacer un elemento que yo hice: el salto del comunismo.

Según algunas biografías, Comaneci fue víctima de tres hombres: el entrenador Béla Károlyi, que la reclutó a los seis años en el patio de su escuela en Onesti y la sometió a una preparación exigente; el hijo del dictador Nicolae Ceausescu, Nicu, que se encaprichó de ella al verla en Montreal, la acosó y la maltrató; y el empresario Constantin Panait, que la llevó a Estados Unidos para explotar su imagen y hacer negocios. Según otros relatos, en cambio, nadie mandó en su vida más que ella: después de sus primeros oros en el Europeo de Noruega 1975 ya controló su preparación; al regresar de Montreal disfrutó de múltiples bailes, cócteles y novios en una Bucarest deprimida; y sólo un mes antes de la caída de Ceausescu en 1989, se valió de Panait, casado y con cuatro hijos, para marcharse de su país y evitar problemas.

En conversación en, Berlín, durante la última gala de entrega de los Premios Laureus, de cuya Academia es miembro, Comaneci deja claro que una aproximación de la verdad podría encontrarse en los extremos de ambos relatos, pero que no será ella quién indique dónde. «Quieres que hable sobre mí y soy reticente. Nunca lo he hecho porque no tengo tiempo que malgastar mirando atrás (…) Hay largos capítulos de mi vida que apenas rememoro», ya anotaba la cinco veces campeona olímpica en su autobiografía Le-tters to a Young Gymnast (sin traducción al castellano, 2003).

¿Aquel 10 fue fruto de unos entrenamientos sobrehumanos?

No, no, eran humanos. Hubo momentos difíciles, pero hacía un deporte que me gustaba. Entonces no pensaba en ganar dinero o hacerme famosa; me encantaba la gimnasia y por eso entrenaba. Siempre me preguntan por eso… La verdad es que a veces yo entrenaba más de lo que me exigían.

¿Cómo cambió su vida después de los Juegos de Montreal?

Realicé muchos viajes, conocí mundo [en mayo de 1977 visitó España y completó una exhibición en el Palacio de los Deportes de Madrid], noté el reconocimiento, pero en Rumanía viví como cualquier ciudadano. Se habla mucho, pero yo, como todos, debía seguir las normas y vivir con poco dinero.

¿Por qué decidió exiliarse el 27 de noviembre de 1989?

Es algo que tampoco me apetece recordar, tardé mucho en hablar de ello. Aquel día creí que era el momento. Es muy duro dejar atrás a tus familiares pensando que nunca volverás a verles.

En Norman, una pequeña ciudad de los alrededores de Oklahoma, Comaneci vive junto a su marido, Bart Conner, también gimnasta (campeón olímpico en los Juegos de Los Ángeles 1984) y su hijo Dylan, de 10 años, «feliz y tranquila» después de dos reencuentros: a los pocos meses de su llegada a Estados Unidos, se reencontró con su técnico, Béla Károlyi, que le expuso ante Ceausescu con su deserción en 1981 y, casi siete años después, se reencontró con su país. El 27 de abril de 1996 se casó en el Palacio del Parlamento de Bucarest en una ceremonia que contó con más de 1.500 asistentes y la retransmisión en directo de la televisión pública. «Después de 30 años de oscuridad para la gente y la cultura, mi boda fue una buena oportunidad para que todo el mundo volviera a enamorarse de Rumanía», escribió más tarde.

Ahora, imagen en anuncios de múltiples marcas (Visa, Adidas, Virgin Media, Botox Cosmetic…), es directiva de asociaciones como la Fundación Special Olympics o la Asociación Mundial contra la Distrofia Muscular y mantiene un hospital infantil en Bucarest, que, asegura, visita «seis veces al año». En su gimnasio, además, ayuda al auge de la gimnasia artística estadounidense y lamenta la progresiva desaparición de su deporte en Rumanía: por primera vez en 48 años, el mes que viene se presentará a unos Juegos sin equipos.

¿Cómo se ha pasado de su éxito hace 40 años a este fracaso?

Es un problema de base, se necesita una reconstrucción. La gimnasia en Rumania debe tener más presencia en las escuelas, que haya más niñas interesadas.

Según se puede ver [se mantiene con las piernas cruzadas de pie y nunca deja de sonreír], ahora todo le va estupendamente.

Muy bien, sí. Me lo he trabajado, también. Mucha gente piensa que poder ser campeona olímpica y haber conseguido varios 10, todo el mundo está dispuesto a darme dinero, tengo abiertas las puertas de todos los despachos, pero también he tenido que hacerme un hueco.

¿Sigue haciendo ejercicio?

¡Por supuesto! Cada día, como mínimo, hago 20 minutos de ejercicios cardiovasculares, unos estiramientos y unas pesas ligeras. Aún me entretiene ver hasta dónde puede llegar mi flexibilidad, si puedo hacer este o aquel movimiento.

¿Qué le queda por hacer?

Seguir disfrutando. Nunca fui muy ambiciosa, de ese tipo de gente que lo quiere todo, que nunca para. De joven conseguí cosas que ni siquiera había soñado y ahora no le puedo pedir más a la vida. Colaboración, Profesor, Venancio Ponce; Editor, catrachosports.com

Greg Moraga: Asociado AIPS No. NCA00692

latigomoraga17@hotmail.com

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Diseño Web: Javier Bustillo

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