La bomba atómica de Stalin: el descubrimiento que pudo cambiar la historia (Sección especial)

GuerraProporcionado por El Confidencial Stalin con Beria (tercero desde la derecha) en 1948. (Cordon Press)

Hay un antes y un después en la historia del siglo XX: el 6 de agosto de 1945, la bomba nuclear Little Boy fue arrojada sobre Hiroshima. Entre 70.000 y 80.000 personas, el 30% de la población de la ciudad, murió al momento. Otras tantas resultaron heridas. Fue uno de los episodios finales de la Segunda Guerra Mundial, pero también un evento que abrió las puertas a una larga confrontación entre el bloque soviético y el americano que duraría décadas.

La hipótesis de una guerra nuclear total ha planteado diversas preguntas a lo largo de las últimas siete décadas. Por ejemplo, ¿qué habría pasado si Josef Stalin hubiese obtenido tal potencial armamentístico antes que EEUU? ¿Por qué no ocurrió? Un nuevo libro, ‘Stalin and the Scientists. A History of Triumph and Tragedy‘ (Atlantic Monthly Press), del novelista y ensayista Simon Ings, aborda ese tema de forma tangencial pero certera: si Stalin se quedó atrás en la carrera armamentística fue, básicamente, por la desconfianza hacia sus físicos.

Como explica una reseña del libro publicada en ‘The New York Times‘, el dictador se vio en una paradójica situación. Debido a que había conferido a sus investigadores una gran cantidad de recursos con el objetivo de avanzar rápidamente en diversos campos (como la psicología, donde Lev Vygotski o Ivan Pávlov estaban haciendo historia), el escrutinio al que pronto estuvieron sometidos era aún mayor debido al acceso a información sensible.

Stalin creía a ciegas en el “charlatán” Trofim Lysenko, un ingeniero antigenetista que proporcionaba soluciones milagrosas al problema de la baja productividad agraria que condujo a la URSS a grandes hambrunas. Su proceso, conocido precisamente como ‘lysenkoísmo‘ y muy ideológico, descartaba todas las ideas genéticas y se basaba en una mezcla de marxismo, darwinismo y vernalización. Esta desconfianza se dejaría notar también en el desarrollo de la bomba nuclear.

¿Quién cree a un espía?

La historia atómica de la URSS comienza como una nota a pie de página a finales de los años 30, cuando científicos como Yákov Zeldóvich y Yuli Jaritón publicaron sus primeros trabajos sobre fisión nuclear. No fue hasta 1942 cuando Stalin decidió poner en marcha un programa nuclear a pequeña escala dirigido por Igor Kurchátov, después de que los informes de inteligencia avisasen de que tanto Alemania como Reino Unido o EEUU se estaban preparando para obtener un arma atómica en el corto plazo.

Lo explica el historiador de la Universidad de Stanford David Holloway en el libro definitivo sobre el tema, ‘Stalin and the Bomb: the Soviet Union and Atomic Energy, 1939-1956‘ (Yale University Press), publicado en 1995. El autor, que tuvo acceso a documentos nunca vistos de la URSS, recordaba que el recelo de Stalin a mostrar información importante a sus científicos le dejó al margen de la carrera nuclear. Kurchátov no tuvo acceso a los informes de inteligencia hasta marzo de 1943, después de la batalla de Stalingrado.

Stalin pudo tener la bomba atómica al alcance de su mano, y sin embargo, a causa de su paranoia, dejó pasar la oportunidad. Como recordaba una reseña del libro publicada en ‘The New York Times‘, “tenía material fiable obtenido por los espías en el extranjero y físicos nucleares magníficos y muy leales en su casa, pero no se fiaba ni de una cosa ni de la otra”. Tampoco era de especial ayuda que el director de su policía secreta, Lavrenti Beria, desconfiase de los científicos tanto como él. Algo semejante le había ocurrido en 1941 cuando pasó por alto los informes de inteligencia que anunciaban la Operación Barbarroja.

De igual manera, Stalin hizo caso omiso de los informes de Klaus Fuchs, el físico alemán que trabajó en el Proyecto Manhattan y que llegó a avisar de que EEUU estaba listo para utilizar la bomba atómica durante el verano de 1945. Para Stalin y la KGB, no se trataba más que de un farol, un gancho para que la URSS destinase un gran esfuerzo económico y científico a perseguir una quimera armamentística. De ahí que Stalin viese con furia cómo Estados Unidos bombardeaba Hiroshima y Nagasaki acabando con cientos de miles de vidas al instante.

Agosto de 1945 es el momento en el que la bomba nuclear se convierte en una prioridad para Stalin. Según Holloway, este escribió ‘ipso facto’ a Kurchátov pidiéndole que se diese prisa: “Si un niño no llora, la madre no sabe qué necesita. Pide lo que necesites. Nada te será negado”. Así lo hizo, y según los cálculos del historiador a partir de un documento de la CIA de 1950, el proyecto nuclear ruso pudo emplear a 10.000 técnicos especializados y entre 330.000 y 460.000 operarios.

Un sprint de cuatro años

Que en 1949 la URSS testease su primera bomba atómica es un buen signo de que, de haber sido Stalin un poco más previsor, la Segunda Guerra Mundial podría haber terminado de forma muy diferente. Al fin y al cabo, los rusos ya habían demostrado su capacidad para la innovación tecnológica armamentística, tanto a la hora de copiar misiles y aviones extranjeros (el V2 o el B-29) como a la hora de desarrollar sus propios proyectos (el tanque T-34).

El proyecto atómico a partir de 1945 se reinició con otro objetivo, marcado una vez más por la influencia extranjera: la bomba tendría que ser de plutonio, como la Fat Man que fue arrojada sobre Nagasaki, y no de uranio, como era el plan ruso hasta la fecha. Kurchátov volvió a encontrarse con la estrechez de miras de Beria en marzo de 1949 cuando, animado una vez más por el charlatán Lysenko, le preguntó si la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad eran idealistas y antimaterialistas y, por lo tanto, antisoviéticas.

La respuesta fue clara: si las autoridades consideraban que era así y que la física cuántica no era de fiar, debían detener al instante la investigación sobre la bomba atómica y olvidarse de disponer jamás de un arma semejante. Stalin prefirió lo segundo y, según explica Holloway en su libro, espetó lo siguiente: “Dejémosles en paz. Siempre podremos fusilarlos después”. Una pragmática decisión que no tendría que poner en práctica. Kurchátov murió por causas naturales en 1960, eso sí, arrastrando las secuelas de los gases radiactivos liberados en el accidente de Chelyabinsk-40.

El 22 de agosto de 1949, Stalin por fin obtuvo lo que anhelaba cuando se detonó con éxito la RDS-1, una réplica exacta de Fat Man, en el sitio de pruebas de Semipalatinsk. Los investigadores del programa obtendrían una de las mayores condecoraciones de la antigua URSS: la medalla al Héroe del Trabajo Socialista. El mastodóntico proyecto, en el que no se escatimaron costes, terminó entregando sus frutos, y de paso, dando el pistoletazo de salida a un nuevo equilibrio de poderes en el cual los dos grandes bloques políticos disponían de la capacidad de infligir un gran daño al adversario en cuestión de segundos.

El siguiente paso sería mucho más espinoso: se trataba de la bomba de hidrógeno o termonuclear, obtenida de la energía desprendida al fusionarse dos núcleos atómicos, mucho más devastadora que las de uranio y plutonio. Esta había sido ya encargada por Truman, y físicos rusos liderados por Yákov Zeldóvich se habían puesto manos a la obra de manera paralela al otro lado del planeta. Stalin murió el 5 de marzo de 1953, pero el programa nuclear le sobrevivió y ese mismo verano la URSS explotó una bomba de hidrógeno modificada basada en la compresión hidrodinámica.

El año siguiente, los estadounidenses detonaron con éxito en la operación Castle Bravo una bomba de 15 megatones, una de las que más secuelas dejó en la fauna, flora y población de las regiones cercanas. En 1955, la bomba RDS-37 producto de la conocida como ‘tercera idea de Sájarov’ arrasó Semipalátinsk con una potencia de 16 megatones. La guerra acababa de empezar. Editor, catrachosports.com
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